Benjamin es un niño extraordinario y especial, ahora tiene siete años y medio, tiene Sindrome de Down. Posee una familia que lo quiere más que a nada en el mundo. Es hijo único, esta en el colegio Pierrot de La Serena en primero básico.

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sábado, 22 de marzo de 2008

Aunque es de noche.

Cristián Warnken Jueves 20 de Marzo de 2008
Aunque es de noche

Amado hijo: te tengo una noticia muy importante: hoy, a las 2.48 de la mañana, comenzó el otoño. El sol se trasladó del hemisferio sur al norte, cruzando la línea del Ecuador. Ha llegado la estación más hermosa a esta bella ciudad envenenada. Los liquidámbares y los gingos estallarán con su euforia de árboles extranjeros trasplantados aquí. Ojalá abril no sea el mes más cruel, como dijo un poeta de otro hemisferio, sino el más sabio, el que nos enseñe una y otra vez que las hojas tienen que caer para hacerse humus, y que en todo ocaso o final late una remota esperanza. Pisaré todas las hojas posibles por ti, y contigo meteré mis zapatos en todos los charcos de agua, como el niño que nunca debí dejar de ser, me detendré a recibir en la cara todas las brisas de la estación. Nos lo dijo Bob Dylan, quizás el último bardo del norte, en su visita: "La respuesta está soplando en el viento". Valió la pena ir a su concierto, a pesar de la pena, sólo para escucharlo decir otra vez: "The answer, my friend, is blowing in the wind".
Hijo: a veces te siento en el viento, a veces te respiro en el aire de la tarde, cuando todos los niños ya están en sus casas comiendo o preparándose para dormir. Yo ya no espero nada de las imposibles y gastadas preguntas, los "porqués" o "para qués". En tu ausencia, sólo puedo balbucear un "entonces", a lo más un "tal vez".
En el hemisferio norte se espera el fin de la cuaresma con la llegada de la primavera; a nosotros nos toca celebrarla con el otoño. En este fin del mundo, es menos obvia, más interior la coincidencia entre los ciclos de la tierra y ese rito. ¡Y aquí, donde te tocó nacer y morir, las hojas de los árboles nativos son perennes!
Hijo: ésta es la última vez que hablaré de ti a los otros. Ha llegado el momento de que este duelo se eclipse, como uno más entre los millones de duelos anónimos de la multitud de los que siguen alentando pasos sobre la tierra.
Yo -antes de tu partida- creía con un filósofo francés que "el infierno son los otros". Esos miles de correos de los lectores que postearon en los blogs -como rescatistas espontáneos- para tendernos una mano muestran que tiene más razón tu hermano Alonso que Jean Paul Sartre. Él nos contó -apenas partiste- que te habías aparecido en un sueño para decirle: "Dile a mi mamá que no tenga pena, porque la amaré siempre en el corazón de toda la gente".
¿Qué sería de nosotros sin el corazón de los otros? ¡Porque Dios ha callado como un padre ausente y nos ha abandonado a la insoportable sensación de la nada! Son los otros -nuestros hermanos huérfanos- y no Él, nuestro padre, los que hicieron un arca para que no naufragáramos en este mar de lágrimas.
Clemente: ya estás en el corazón de los miles que nos escribieron y regalaron las "extrañas flores del consuelo". Ésas que brotan y crecen lejos del ruido y la furia, "en las holladas praderas de nuestra pobreza".
Hijo: hace más de dos mil años, otro hijo, pero que se decía hijo de Dios, moría, y sus discípulos repartían a todos los vientos la certeza de su resurrección. ¡Yo cambiaría mi propia resurrección -si pudiera, ahora mismo- sólo por abrazarte otra vez!
Hijo: ¿es esa promesa verdad, o el consuelo más extraordinario y hermoso inventado por el hombre para calmar el insoportable dolor del mundo? ¿Nos reencontraremos algún día -hijo y padre pródigos-, o nos disolveremos como una hoja más en el otoño cósmico? Hijo: ¡sólo tú puedes decírmelo al oído, como cuando me contabas un secreto cuando jugábamos! ¡Hagamos trampa esta vez y dime la verdad!: esperaré el otoño, la primavera y todas las estaciones que sea necesario para recibir tu respuesta.
Esperaré que me la traiga el viento. Esperaré como te esperamos nacer. Para nacer de nuevo. Aunque es de noche.

Mi amor por ti.

Cristián Warnken Jueves 07 de Febrero de 2008 Mi amor por ti

¿Cómo comenzar esta columna sin temor de hacer el ridículo? Fernando Pessoa dijo una vez que todas las cartas de amor son ridículas. ¿Y las columnas de amor? ¿Se puede escribir una columna de amor? No estás en ninguna pauta, no eres titular de los diarios por el puro hecho de existir, pero -aunque suene a cliché irredimible- eres para mí la noticia que siempre será noticia. Pensé eso cuando vi la fotografía de esa pareja a la que la lava del volcán en erupción sorprendió abrazados, en la Pompeya de hace miles de años. Abrazados, derrotaron al fuego y al olvido con un gesto que conmovió al arqueólogo, al fotógrafo y a todos los que vieron emerger desde el fondo de los tiempos y de las ruinas esta "PietÀ" del amor humano. ¿Qué los salvó? No los salvó la épica, ni la gloria, ni la fama. Los salvó el amor.
Siempre quise escribirte un poema de amor, pero no pude. Cada vez que lo empezaba, me parecía un pobre ejercicio de retórica que no decía nada de ti. Entonces preferí hacer míos los poemas de amor de Éluard a Nusch, los de Apollinaire a Lou y los de Miguel Hernández a su mujer. Esos poetas parecían haberte conocido, porque decían de ti lo que yo no podía decir.
Si todas las cartas de amor son ridículas, quiero que esta columna sea ridícula, porque si no, no sería de amor. La escribo mientras le estás dando pecho a nuestro tercer hijo, en la pieza contigua. He oído que no hay que casarse con Beatriz ni con la Reina de Saba; que los grandes amores se realizan lejos de la contingencia, de la prosaica realidad de las mamaderas, los pañales, los cansancios.
"Amor perdido y hallado,/ y otra vez la vida trunca./ Lo que siempre se ha buscado/ no ha debido hallarse nunca", dijo un Neruda muy joven. Pero, ¿de qué me habría servido perderte, si te busqué siempre, más allá del tiempo, para vivir juntos, aquí y ahora, esta aventura, con todos sus bemoles y sus grietas? Ésta es nuestra Eneida real, nuestra Odisea de todos los días. Nuestra guerra de Troya se da en los límites de nuestro hogar, cuando en los peores momentos somos capaces de decir, como lo dijo el héroe griego: "Eres el amor que florece".
Tu nombre significa en los Balcanes "lucero de la mañana". Por eso, amanecer junto a ti es una fiesta: saber que estás ahí después de que acabó la noche.
Escribo esta torpe columna de amor en las horas más duras que un hombre y una mujer puedan vivir juntos. Este próximo 14 de febrero es el Día de los Enamorados, que coincide con la fecha de nacimiento de Clemente, nuestro amado hijo que se fue. ¡En una misma fecha, se juntan la prueba máxima de la existencia del amor y la prueba máxima para la supervivencia del amor! Sé que la muerte de un hijo trae el amargo sabor a derrota total que a veces atraviesa la existencia humana. Pero sé también que no hay nada que perturbe tanto a la muerte como la sonrisa de los que se aman. La muerte envidiosa tendrá que soportar nuestros besos y abrazos, que sobrevivirán a las lágrimas.
¿Qué es mi amor por ti? ¿Y tú me lo preguntas? Mi amor por ti es descender al infierno no para rescatarte yo -como Orfeo a Eurídice-, sino para rescatarnos mutuamente de esta casa en llamas que es la vida del hombre y la mujer todos los días, de este incendio y de este abismo que hemos disfrazado de cotidianidad y seguridad, creyendo controlarlo todo. Te propongo que este 14 de febrero celebremos el tercer no cumpleaños de nuestro hijo, mirando en la noche del sur de Chile -donde ahora nos encontramos- el cielo estrellado, para que en su pavorosa inmensidad descubramos que sus velas son tres estrellas que -aunque sabemos muertas- brillan todavía. Y que repitamos -como guerreros heridos dignos de esta batalla-, con todos los que han cruzado esta prueba de fuego antes que nosotros, el enigmático verso de Dante: "El amor mueve al sol y a las otras estrellas".

Mi nuevo hogar: Cristian Warnken

Jueves, enero 24, 2008

Mi nuevo hogar - Cristián Warnken


Sagrado territorio de las lágrimas, isla del misterio y el dolor, cierra tus frágiles fronteras y no dejes entrar los falsos consejos, las opinologías de todo tipo (las del espíritu sobre todo), las morfinas y psiquiatrías anestesiantes, a los que predican duelos express y a los mercaderes del consuelo. Tú eres ahora mi casa, mi refugio sobre el abismo. Eres el hogar más digno que he logrado levantar en medio de la tempestad.
Aquí quiero estar por mucho tiempo, país y ciudad del dolor vivido a fondo, al descampado, tierra de lo que crece en el silencio, lejos de los que vociferan recetas. Jardín de los "cálices de flores deshojadas con ternura", de las raíces al acecho, tamizadas por una luz muy tenue y temblorosa. Aquí no entran los periódicos, ni se practica el voyerismo del dolor de los otros. Aquí se vive y se habla de un dolor sólo cuando se ha vivido el dolor. Aquí no se apura a los que lloran, porque las lágrimas son el abono del cielo. Aquí se puede blasfemar, gemir, incluso dejar de respirar, perder el habla y la visión. ¿Podría entenderlo el que nunca ha estado aquí? Aquí hay tiempo para abrazar y tiempo para extraviarse en la propia soledad aun a riesgo de perder el camino de regreso.
Apenas conozco un sector de estas tierras; me dicen que sus límites se extienden más allá de lo probable. Pero aquí no hay prisa ni carreras ni metas: caminamos como fantasmas con todo el tiempo del mundo, pasajeros en tránsito a quién sabe dónde. Muchos han querido instalar aquí sus pequeños negocios, sus sucursales del consuelo; pero han fracasado. La delicadeza, la finura, la sutileza de este lugar hace que cualquier discurso o prédica o fórmula suene destemplada, hueca, vacía. En la noche, miramos el cielo estrellado por horas, embobados por el espectáculo de nuestra insoportable finitud. Al amanecer, oímos con gozo y dolor a los pájaros.
Hasta el agua que bebemos a veces nos hiere; muchos cierran los ojos por horas, o se detienen a contemplar acontecimientos muy leves, casi imperceptibles, como si allí, en el reino de los detalles ignorados, algo quisiera ser dicho en susurros o leves pálpitos, sin estrépito. Aquí aprendimos que el misterio es más vasto que la verdad.
Espero con ansia la visita de las arañas de la tarde, de las polillas nocturnas y el paso de las nubes harapientas del mes de enero. El canto de un grillo es a veces mi tabla de salvación. La estrella de la mañana nos espera para ser vista, la luna nos tiene paciencia, el sol se demora en aparecer si es necesario. A veces nos llegan de la otra orilla cartas, libros, regalos. Una línea nos cansa, pero a veces basta para iluminarnos. Los capítulos, los ensayos extensos, los libros de filosofía sistemática parecen, leídos aquí, farragosos, pomposamente inútiles, pesan mucho. Pero uno puede quedarse pegado una hora leyendo una línea del Sermón de la Montaña, o un verso de Rilke.
Me sorprende cómo todo se va dando en la gratuidad completa, cómo todo llega por añadidura, sin anunciarse. Por ejemplo, alguien me dejó una flor de loto que ahora es mi gran compañera: me emociona ver cómo se abre y cómo se cierra, y la amo y la necesito, sabiendo que tiene los días contados. ¿Cómo llegan las cosas, las personas que necesitábamos en el momento preciso? Aquí hacemos sólo una cosa al día, más nos parece desmesura. Hoy escuché que un niño reía en el jardín de al lado; me agazapé entre las ramas y atendí a esa risa con devoción, con nostalgia. ¡Cómo lloré con esa risa, clara, fresca como el agua de la fuente! En fin, es tan difícil de explicar, de decir. ¿Cuándo volverán al mundo? -me preguntan frecuentemente los amigos desde el otro lado-. "Esta es mi casa por ahora -contesto- y mi familia son las horas vacías del verano".
Aquí se vive y se habla de un dolor sólo cuando se ha vivido el dolor.
Aquí no se apura a los que lloran.

El viaje. Cristian Warkner, Jueves 10 de Enero 2008

jueves, enero 10, 2008
Espero que lo ocurrido al hijo de cristian nunca mas se repita. Por eso disfrutemos a los nuestros a cada momento.
El Viaje

"Nada tiene que ver el dolor con el dolor/ nada tiene que ver la desesperación/ con la desesperación/las palabras que usamos están viciadas/no hay nombres en la zona muda".
Un hombre y una mujer avanzan por un camino vacío, un lugar en la montaña donde abandonan a los perros. Avanzan en silencio, y él se repite a sí mismo esos versos, siempre los citaba en sus clases, en sus artículos. Ahora los versos de Lihn laten en su sangre, en su sien, no son sólo palabras. Quiere abrazar a la mujer, que es su mujer, y quitarle ese dolor que la traspasa, sanarla con lo mejor que tiene. Pero sólo tiene palabras, y él ya sabe que no sirven. Ve a decenas de perritos abandonados que salen al camino a buscar comida o agua. Y piensa: "¿por qué los hombres abandonan a los perros aquí?" Dos amigos del alma los llevan, como quien transporta a unos heridos a una posta de urgencia. Han buscado todo tipo de socorro, han acogido todos los abrazos, todas las cartas, las flores, los consuelos de tanta gente, tal vez por eso todavía están vivos. Pero nada puede quitar ese dolor que no tiene que ver con la palabra dolor. ¿No hay nada en este planeta que quite esta pena que los ha sacado del mundo, que los ha lanzado como hojas batidas por el viento fuera del tiempo y del espacio? Sólo el amor los había llevado tan lejos, ahora el dolor los hace flotar en esta irrealidad, como si fueran extraterrestres caminando por un planeta desconocido. Pero avanzan, no puede ser cierto que puedan caminar todavía, son llevados lejos de la ciudad a un lugar donde los esperan. Un monasterio de monjas de clausura. ¿Tú a un monasterio de monjas de clausura, a esta hora de la mañana, mientras abajo, en la ciudad, la vida de todos los días continúa? Los perros abandonados te miran desde la orilla del camino polvoriento. Su mirada está tan vacía e inexpresiva como la tuya. Cierras los ojos. Tu hijo está al fondo de la piscina. Tomas la mano de tu mujer para no caer al abismo que se abre a tu costado. Entonces, alguien abre un portón: es una monja pequeña, sonríe, "parece un duende" -piensas. Los hace pasar a una sala. Afuera casi no hay brisa, el calor del verano parece volver todo tierra baldía. La sala es fresca, detrás de las rejas 14 monjas de clausura te esperan. Se acerca a ustedes, los recién llegados, la que parece ser la madre superiora. Lleva anteojos negros, te dice algo muy preciso al oído, te abraza. Entonces lloras. Sientes que puedes por fin llorar, impúdicamente, ante esas catorce mujeres, y que has cruzado un umbral, fuera del mundo, donde todo es nada. Parece que ya hubieras vivido esto antes. El agua de vertiente con yerbas que te sirven y que calma tu sed. Las canciones que te cantan, las palabras dulces, esenciales, necesarias que te dicen, cada una de ellas, hadas de una iglesia que tú sentías vacía, fría, de discursos, de piedra.
Y el tiempo que parece detenerse, por fin. Tú y tu mujer, que vienen del infierno, parecen sentados ahí en la frontera del Paraíso y esas mujeres que te cantan y abrazan, que no predican, podrían ser las guardias fronterizas de algo en lo que creíste hasta que se acabó la infancia. Estás impaciente -tú que hace una hora ya no esperabas nada-, quieres que te abran la puerta, quieres entrar al jardín, donde encontrarás a tu hijo jugando entre el toronjil, la melisa y la menta. "Las almas de los niños muertos vienen a jugar a los monasterios"-te dicen. Tú quieres jugar con esas almas, miras a tu mujer y sientes que comienzan a flotar, como en la escena de Solaris de Tarkovsky, esa película con la que sellaron su amor hace años. El monasterio entero es una nave espacial que los llevará de regreso a casa; miras por una ventana y ves a los perros aullando, con toda la desolación del mundo, aullando a la nave de las monjas astronautas.

Sòlo Clemente: un padre desgarrado por la perdida de un hijo.

CLEMENTE

Cristián Warnken, Jueves 27 de Diciembre de 2007 Clemente

Llora por ti tu jardín, que siempre insistías en llamar "mi jardín". Llora el intruso gato blanco y negro, que merodeaba por las tardes y que tú llamabas mi gato amigo. Llora el cerro Manquehue, que veías desde la ventana de tu pieza. Llora la plaza de Almirante Acevedo, alrededor de la cual corrías una y otra vez, como un Forrest Gump de tres años. Lloran los resbalines que te vieron crecer en temeridad y por los que te lanzabas con gozo. Llora la montaña del camino de La Pirámide, destrozada por la construcción de autopistas y a la que decías "pobre montaña". Llora tu nana, a la que llamabas "mi reina", "mi Karencita hermosa", piropero precoz.
Lloran las fuentes de agua, ante las que te quedabas en éxtasis mirando caer el agua, el agua que te asombró más que nada en el mundo, el agua de los ríos, el agua de las llaves de agua de la casa, que abrías sin cesar, el agua del mar, oh, tu locura por el agua, Clemente, toda el agua del mundo llora por ti, y mana en nuestras lágrimas.
Lloran por ti Whinnie the Poo y Tigret y Christopher Robbin, y todos sus amigos, porque en sus libros de aventuras te sentías en familia. Tú eras como Whinnie the Poo, tierno, goloso, amical. Llora por ti tu chupete gastado y fiel, que intentamos vanamente botar tantas veces y que ahora te espera sobre la almohada vacía. Lloran por ti las esculturas del Parque de las Esculturas de Pedro de Valdivia, donde fuimos el día antes de tu partida, a correr, a subir al olmo gigante; llora por ti la escultura del ángel sin cabeza que miraste extrañado, llora por ti la librería Ulises, donde estuvimos esa misma tarde y donde hojeaste libros sobre un sillón de cuero. Llora por ti el libro de "Willie, el oso", que te regaló esa tarde Benjamín, el librero, y que no alcancé a leerte.
Llora la escalera de madera de nuestra casa, que bajaste todas las mañanas de tus días. Llora el espejo del baño hacia el cual te empinabas para mirarte, como si fuera extraño tu propio rostro, oh, hermoso, demasiado hermoso para durar aquí, al otro lado del reflejo. Llora la canción "Cangrejito" del grupo Zapallo, que bailaste tantas veces y querías volver a escuchar, pero que se perdió en algun rincón de nuestro bello desorden. Llorará la lluvia en invierno cuando no te encuentre debajo del panel de vidrio, mirándola gota a gota. Lloran los caballos del Club de Polo que siempre venías a espiar. Lloran los cuadros de Santos Guerra que cuelgan de nuestras murallas, y el pueblo de cuento y sus personajes a los que saludábamos como si fueran reales, el hombre del paraguas verde, tus amigos al otro lado del sueño. Llora la playa de Wailandia, donde corrimos mojándonos los pies con las olas, qué fiesta, qué gritos, qué risa. Lloran las gaviotas que pasaban por ahí, llora el restaurant Caleuche, donde fuimos a ver la puesta de sol con Angélica y Laura, llora el rayo verde que nunca se hizo ver. Llora el Estadio Santa Rosa de Las Condes, donde apenas empezabas a ir a clases de fútbol, estadio que desaparecerá, como desaparece todo y todos, porque somos un duelo sin fin. Llora el Parque Forestal donde naciste, llora la calle Ismael Valdés Vergara. Lloran los taxis en los que te gustaba que te llevara en las mañanas a tu jardín. Lloran los tres cojines que tú mismo instalabas obsesivo, hasta que quedaran perfectos (y tu decías "perfecto"), adonde posabas tu cabecita llena de rulos para tomarte tu mamadera. Todos lloran, también tu piscina amada, que te vio, dichoso, nadar, ¡cómo llora desconsolada! Lloran las cosas que tocaste, los lugares donde anduviste, y lloramos nosotros, ya sin lágrimas.
Entonces, ¿por qué ríes, por qué tu cara pura de niño muerto insiste en reír, mientras todos lloran sin consuelo? ¿Por qué ríes, Clemente, amor mío, dolor nuestro?